Rica por unas horas

Cuando conocí a Don Alex, él era reportero de un diario local. Me había contado que le gustaba su trabajo, pero que la paga era miserable. Nunca le pregunté de cuánto estaba hablando; en ese entonces solo éramos amigos.
 
Días después de casarnos, me dio dinero para que comprara lo indispensable, sobre todo nuestro alimento.
 
Y yo, muy aplicada, me fui al mercado. compré algo de verdura y de fruta, un poco de jamón, pan de caja, queso, mayonesa, leche, dos rebanadas de pastel, un ramito de flores… ¡y ya! Casi había agotado el dinero, pero me sentía satisfecha: mi primera compra como esposa la había hecho yo solita.
 
Regresé a casa contenta. Puse la mesa: un vaso con las flores, una jarra de limonada, preparé unos sándwiches… y listo. No tardaría en llegar mi maridito. Y lo esperaba ansiosa.
 
Llegó cansado. Le ofrecí limonada. Él echó una mirada discreta a nuestro pequeño comedor que, careciendo de repisas, gabinete, refrigerador y demás, mostraba el mandado amontonado en un rincón. Nos sentamos a la mesa a “disfrutar” nuestros sagrados alimentos, casi en silencio.
 
Después de comer vino lo bueno. Yo le pregunté cómo había estado su mañana; me dijo que tranquila. Él me preguntó cómo habían estado las compras. Le conté que la experiencia había sido excelente, que el dinero me había alcanzado para algo más que lo suficiente y que hasta me habían sobrado algunos pesos.
 
Cuando terminé de hablar, vi la cara de Don Alex demasiado seria, nada contenta. Entonces me dijo:
 
—Ese dinero que te di no era para un día. Te debía haber durado una semana. Yo cobro los viernes.
 
Como novata de casada, esa fue la llamada de atención más penosa que recibí de Don Alex.
 
Hoy, cuando los recuerdos de aquellos años se hacen presentes, me río a carcajadas y me pregunto: ¿por qué no pregunté? ¿y por qué no me informó?

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