Entre pañales y un secreto

Eso que no se fue es porque lo fundí en mi mente con amor y con nostalgia.
 
Por ejemplo, los tres sucesos que cambiaron mi vida: mi casorio, mi papel de ama de casa y el nacimiento de mis tres hijos.
 
Alejandro César —como su papá— es el nombre de mi primogénito.
 
Confieso que, al quedar embarazada, deseé con el alma una niña.
Y, sin embargo, desde el principio de la larga espera estaba segura de que me nacería un varoncito.
 
¿Mi embarazo? Sin complicaciones.
Me sorprendieron los cambios en mi cuerpo.
 
Las náuseas de los dos primeros meses,
los antojos difíciles de reprimir…
luego los movimientos y tirones en mi vientre,
que iba creciendo poco a poco, felizmente.
 
Dentro de mí, el bebé se preparaba para nacer,
ensayando la vida.
 
¡Llegó el ansiado día del alumbramiento!
Fue el 23 de junio de 1970, cuando la Copa Mundial México 70 ya tenía dos días de haber terminado, pero mi gente seguía con la euforia y canturreando el “Cielito Lindo”.
 
¡Por fin nació mi hermoso!
La revelación más emotiva de la vida se hizo presente:
se refugió entre mis brazos
y dio un nuevo brillo a mi mirada.
 
Alejandrito llegó contento y calmado.
No era llorón, le gustaba su cuna, nos dejaba dormir.
Y eso era de agradecerse, porque su papá trabajaba hasta muy entrada la noche y necesitaba descansar.
 
Mi bebé tendría más o menos un mes de nacido cuando don Alex tuvo vacaciones del trabajo.
Lo veía por primera vez en casa las 24 horas del día, con deseos de cooperar… pero no lavando pañales ni hirviendo biberones; quería ayudarme a bañar a nuestro hijo.
 
Y yo me resistía.
 
Le decía que descansara, que leyera sus libros, que saliera a caminar…
 
y en ese silencio pequeño
yo guardaba algo que no sabía decir.
 
Porque, de aceptar su ayuda, se daría cuenta de que soy zurda, un estigma “vergonzoso” que disimulé desde que tengo uso de razón.
 
Mi madre, influenciada por mi abuela, me obligó a usar la mano derecha.
Pero cuando estaba sola, usaba la izquierda, con la seguridad de lo natural.
 
Esa era la mano con la que bañaba a mi hijo: sin miedo, sin torpeza, sin dudas.
 
Y mi marido seguía insistiendo. Quería saber la razón por la que rechazaba su ayuda.
 
Cuando lo vi a punto de estallar, le dije:
 
—Está bien… te lo voy a decir, pero prométeme que no me vas a odiar.
 
Se sorprendió con mis palabras.
 
—Dime a quién mataste o qué has hecho para imaginar que puedo llegar a tanto.
 
Y entonces, bañada en lágrimas, le conté mi secreto. Mi rareza.
 
Cuando acabé de hablar, me abrazó con aquella ternura que solo él tenía y me dijo:
 
—Pobre mi chiquilla… cuánto daño se te hizo sin sentido. De aquí en adelante usa tu mano izquierda con entera libertad. Así naciste. Es algo natural. No lo escondas más.
 
Ese recuerdo aún hoy me mueve el tapete.

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