Los días en la Calle Real

Hay ciudades que se recorren…
y otras que se quedan a vivir en la memoria.
 
Mi ciudad cuida una gema:
su historia, recia y suprema,
la que en su piel de cantera
grabó la vida hechicera
cual majestuoso poema.
 
Cuando conocí a Don Alex, Morelia no estaba tan poblada como ahora. Su bello Centro Histórico lo recorría a diario, pues tuve la fortuna de vivir y trabajar en sus alrededores.
 
La casa de mis padres, el trabajo, el centro… todo lo tuve “a la vuelta de la esquina”. Así que, por las tardes, después de trabajar, Don Alex y yo solíamos ir a los portales. Nos refugiábamos en uno de sus aromáticos cafés, a charlar sobre nuestros sueños y lo cotidiano.
 
Estoy hablando del año 1998. En aquel entonces, la ciudad tenía un ambiente estudiantil que despertaba con el alba. Al repique alegre de las campanas de la catedral y de las iglesias vecinas, comenzaba la rutina de la localidad. El eco del bullicio se extendía por sus calles y por sus muros de cantera rosa, cargados de historia y tradiciones. Todo era céntrico. Se podía recorrer a pie, sin problema. No había tantos coches ni tantas protestas.
 
Las casonas de la Calle Real, con sus portones antiguos, en voz baja me contaban historias. El murmullo de los portales era una sinfonía de voces y risas. Los domingos, en la Plaza de Armas, el kiosco y la banda de música, con su repertorio alegre, hacían que el tiempo se detuviera.
 
Hoy no vivo en el centro, pero de vez en cuando cruzo esa Calle Real, o Avenida Madero, y he visto que ahora alberga bancos y se ha convertido en un escaparate comercial, con vitrinas que no cuentan historias. La modernidad, alborotadora, la ha cambiado y, tristemente, las autoridades lo han permitido.

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