viernes, 19 de junio de 2026

No sabía cocinar

Sí, no sabía cocinar.
Y aprender me llevó poco tiempo… pero en ese inter hubo de todo: cortadas, quemaduras, guisos “un poquito” salados, y la sopa de arroz, a veces muy seca, a veces aguada.
 
Pero el oso de mi vida fue mayor.
 
Después de rendir malas cuentas en el primer gasto que me dio don Alex, me propuse ser cauta. Estirar lo que llegaba cada fin de semana como ligas, hasta donde diera.
 
Con esa decisión fui al mercado.
 
En la pollería pregunté el precio de un pollo. El marchante me explicó que variaba: destazado costaba más que entero. Así que, muy aplicada en mi economía, decidí llevarlo entero. Solo le quitó la cabeza y las patas y me lo entregó en una bolsa.
 
Llegué a casa sintiéndome la Chepina Peralta.
 
Lo puse a cocer así, enterito, con sal, cebolla y ajo, pensando que ya cocido lo iría aprovechando poco a poco.
 
Lo que no sabía —porque nadie me lo había dicho— era que primero había que limpiarlo por dentro.
 
Y ahí empezó la tragedia.
 
El resultado fue inolvidable.
Pero no por bueno.
 
Aquello olía a error.
A error caro.
 
Incomible.
Intocable.
Tirable.
 
En resumen: la economía seguía peleada conmigo… y yo con el pollo.
 
Cuando llegó mi marido, ni preguntó. Con el puro olor que salía de la cocina, supo que algo había salido mal… muy mal.
 
Así fui aprendiendo.
 
No de golpe, ni bonito.
 
Aprendí con lo que había y con lo que faltaba. A estirar los días, a hacer rendir la comida, a inventar un poco cuando era necesario… y también a reírme, aunque fuera bajito, de mis propios desastres.
 
Después vinieron los años.
Las recetas.
Los hijos.
 
Y sin darme cuenta, también llegó una forma de llevar la casa, de hacer que todo, de algún modo, encontrara su lugar.
 
Hoy, cuando lo recuerdo, sonrío.
 
No por el pollo.
 
Sino por todo lo que vino después.

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